¿Vivimos tan bien?

Durante décadas hemos asumido que España es uno de los mejores países de Europa para vivir. Hay argumentos sólidos: clima, cultura social, seguridad, gastronomía y una esperanza de vida entre las mayores del mundo. A ello hemos añadido una sanidad pública que ha sido pilar del Estado del bienestar. De alguna manera, hemos aceptado salarios inferiores a los de buena parte de Europa porque entendíamos que el coste de vida era menor y, a cambio, disfrutábamos de una calidad difícil de encontrar fuera.

Sin embargo, quizá haya llegado el momento de preguntarnos si esa ecuación sigue funcionando. No porque España haya dejado de ser un país extraordinario, sino porque algunas condiciones económicas y sociales han cambiado. Más que compararnos con la España que recordamos, conviene hacerlo con la Europa que tenemos alrededor.

Uno de los ejemplos más claros está en los salarios. Comparar lo que cobra un trabajador español con uno alemán, francés, neerlandés o danés puede ser engañoso, porque los precios son distintos. Cobrar más no significa necesariamente vivir mejor si también resulta más caro pagar vivienda, compra, transporte o servicios.

Para evitar esa distorsión, la OCDE utiliza el salario ajustado por paridad de poder adquisitivo: corrige los salarios según las diferencias de precios entre países para comparar cuánto pueden comprar realmente los ciudadanos con el dinero que ganan. No mide la nómina, sino la capacidad de compra comparable.

Esa comparación incorpora una objeción repetida: “en esos países cobran mucho más, pero también es más caro vivir”. La OCDE tiene en cuenta ese mayor coste y, aun así, las diferencias siguen existiendo. En 2025, el salario medio español equivale a 57.779 dólares de poder adquisitivo comparable, frente a los 60.483 de Francia y los 76.285 de Alemania. La serie histórica, además, refleja un crecimiento muy limitado de los salarios reales españoles.

La dificultad para construir un proyecto vital ofrece otra perspectiva. Según Eurostat, los jóvenes de la Unión Europea abandonaron el hogar familiar en 2024 a una edad media de 26,2 años. En España lo hicieron a los 30. En Finlandia, Dinamarca o Suecia, la emancipación se produce en torno a los 21 años. No es una curiosidad estadística: independizarse está relacionado con salarios, vivienda, estabilidad laboral y capacidad de construir un proyecto propio.

A ello se añade otro elemento esencial del relato español: la sanidad. España continúa obteniendo resultados extraordinarios. Nuestra esperanza de vida alcanza los 84 años, 2,9 por encima de la media de la OCDE. Decir que nuestro sistema sanitario es malo sería injusto con sus profesionales y tampoco estaría respaldado por los datos.

Ahora bien, reconocer esas fortalezas no debe impedirnos observar las tensiones. Los perfiles sanitarios europeos analizan acceso, gasto, recursos y capacidad de respuesta, mientras España afronta problemas relacionados con esperas y presión asistencial. Si durante décadas utilizamos la sanidad pública para explicar por qué un menor salario podía compensarse con una gran calidad de vida, resulta razonable exigir que conserve la accesibilidad y calidad que hicieron posible aquella reputación.

Quizá estemos llegando al fondo de la cuestión. Durante mucho tiempo hemos utilizado indistintamente dos conceptos que no significan lo mismo: estilo de vida y calidad de vida. España conserva un estilo de vida extraordinario, construido alrededor del clima, nuestra forma de relacionarnos, la gastronomía, las ciudades y el uso del espacio público.

Sin embargo, la calidad de vida también consiste en que un salario permita vivir con holgura, que acceder a una vivienda no comprometa los ingresos, que un joven pueda independizarse antes de cumplir treinta años, que una familia ahorre, que el trabajo permita progresar y que los servicios públicos respondan. Al incorporar estas variables, la fotografía de España sigue teniendo luces, pero resulta menos complaciente.

No se trata de idealizar otros países europeos ni de negar las ventajas que conserva España. La comparación debería servir para identificar dónde otros consiguen mejores resultados y preguntarnos qué podemos aprender, en lugar de refugiarnos en que nuestro clima o nuestra forma de vida compensarán cualquier diferencia económica.

España puede seguir siendo uno de los mejores países del mundo para vivir. Pero para conseguirlo quizá debamos dejar de darlo por supuesto y empezar a medirlo. Porque una cosa es conservar una extraordinaria forma de vivir y otra garantizar que las nuevas generaciones disfruten de una calidad de vida igual o mejor que la que tuvieron las anteriores.

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